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Cuando la primera vacuna ya salvó al mundo



Casualidad o no, en plena campaña de vacunación contra la COVID-19, cayó en mis manos la novela de Javier Moro «A flor de piel», cuya historia tiene muchos paralelismos con la actualidad, pero algo más de doscientos años atrás. Rescata del olvido, aunque en mi caso fue una presentación en toda regla, las figuras de Isabel Zendal y Francisco Javier Balmis. Cuenta de forma paralela sus vidas hasta que confluyen en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna que tuvo lugar entre 1803 y 1806, surgida con el objetivo de propagar la vacunación contra la viruela en todos los territorios del Imperio Español.

Ahora que estamos en el fragor de la batalla contra el coronavirus, y tras leer esa joya de novela, se me antoja imprescindible recordar o dar a conocer aquella maravillosa expedición y su impacto en la humanidad. No me he podido resistir a documentarme e investigar para extraer la parte real de la ficción y finalmente me ha llevado a escribir este artículo que espero ayude a rescatar y acercar este hito científico. 

También he incluido dos fragmentos de «A flor de piel» que, evidentemente, forman parte de la ficción de la novela. Son dos diálogos en el contexto de aquella época que, lamentablemente, bien podría pasar por diálogos de hoy en día. Y es que, en muchos sentidos, no hemos cambiado una pizca: seguimos luchando contra la ignorancia en la que se basan las pseudociencias y también contra la corrupción instalada a todos los niveles de nuestra sociedad y que torpedean la salud y el bienestar del pueblo.

Tampoco ha cambiado la forma con la que atajar los problemas. Da igual de qué índole sean ni cuándo se produzcan, ni si estamos en el siglo XIX o en el XXI, que siempre nos va a sacar del atolladero lo mismo: la educación y la ciencia.

La viruela

La viruela fue (sí, fue) una de las enfermedades más demoledoras de la historia de la humanidad. Se estima que solo en el siglo XX acabó con la vida de 300 millones de personas. Se trata en pasado porque ostenta el título de primera y única enfermedad infecciosa erradicada. La OMS la declaró como tal en 1979 y se consiguió tras un esfuerzo mundial titánico con un programa de vacunación, considerado como uno de los grandes éxitos de la medicina moderna.

Altamente contagiosa, la viruela se transmitía a través del tracto respiratorio y causaba brotes graves. Los principales síntomas eran fiebre muy alta y malestar, seguidos de la aparición de unas erupciones cutáneas que afectaban a todo el cuerpo en diferentes fases: desde simples máculas, pasando por unos bultos llenos de un líquido denso, pústulas y, por último, costras hasta originar las típicas cicatrices de la viruela (para el que sobreviviera, claro). Se cree que la enfermedad se originó en el sudeste asiático y se extendió a occidente durante los siglos XIV y XV, con una mortalidad estimada del 20% de los infectados y con secuelas graves, principalmente en forma de ceguera y deformaciones cutáneas, en el 30% de los supervivientes.

A lo largo de la Historia se intentaron múltiples tratamientos, aunque ninguno resultó ser eficaz. El único método preventivo relativamente útil consistía en la inoculación deliberada del virus, a través del líquido de una vesícula o polvo de costras de una persona infectada, en una incisión hecha previamente en la piel del receptor. La infección desarrollada por este procedimiento, conocido como variolización, era generalmente más leve que la viruela adquirida de forma natural y proporcionaba protección contra ella. Aunque la tasa de mortalidad disminuyó considerablemente, esta práctica no estuvo exenta de riesgos, produciéndose infecciones más graves y, en ocasiones, mortales. Y como la viruela era contagiosa, las infecciones resultantes de la variolización provocaban epidemias continuamente.

La primera vacuna

Y aquí es donde entra en escena la vacuna. En 1796 tuvo lugar un acontecimiento trascendental en la historia de la medicina y, por lo tanto, en la humanidad. Edward Jenner, un médico rural inglés, valiéndose únicamente de un agudo espíritu de observación, verificó que las vacas padecían una enfermedad similar a la viruela humana y que sus ubres presentaban vesículas similares a las de las personas infectadas. Jenner comprobó que las lecheras se infectaban y en sus manos aparecían las mismas vesículas que en las ubres de las vacas. Pero lo más importante fue comprobar que ninguna de las lecheras infectadas con viruela vacuna (de ahí el nombre) padecía viruela humana, ni siquiera durante los brotes más virulentos.

Edward Jenner realizando la primera vacunación contra la viruela (Fuente).


El siguiente paso fue provocar artificialmente la propagación de esta vacuna contra la viruela en personas sanas. La estrategia más lógica habría sido tomar líquido de la vesícula de una vaca e inyectarlo, pero Jenner, probablemente por miedo a las feroces críticas por parte de la iglesia anglicana que lo podía acusar de mezclar la naturaleza animal con la humana, optó por tomar líquido de una vesícula de una lechera que había sido infectada por una vaca y lo usó para inocular a un niño. Más tarde, inoculó al mismo niño con líquido de una vesícula de un paciente humano infectado con viruela y pudo confirmar que no contraía la enfermedad, sino que había adquirido inmunidad frente a ella. Por primera vez en la historia, existía un medio eficaz y seguro para prevenir la viruela: fue la primera vacuna. Hoy en día sería impensable actuar de esa manera, ya que contravendría los estándares éticos que se siguen escrupulosamente en los ensayos clínicos actuales, pero sería también un error ver el proceder de Jenner con los ojos de hoy.

A pesar de sus detractores, que no eran pocos, la vacuna fue aceptada con entusiasmo y se extendió rápidamente por toda Europa. Napoleón Bonaparte, en una perpetua guerra contra los ingleses aceptó vacunar a sus tropas por petición del propio Jenner, aduciendo que no podía "negar nada a uno de los más grandes benefactores de la humanidad”. La familia del ilustrado rey Carlos IV de España había sufrido el flagelo de la viruela: su hija María Teresa, de apenas tres años, y su hermano, el infante Gabriel, habían fallecido. Consciente del descubrimiento de la vacuna, decidió organizar una campaña de vacunación en las colonias de ultramar, donde la viruela estaba causando estragos.

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

Estamos ante la primera vez que se intentó acabar con la viruela a nivel mundial, a través de un proyecto marca España. Si bien la vacuna recién empezaba a dar sus primeros pasos y los medios de la época no eran ni mucho menos los actuales fue un hito del que se debería estar sacando pecho continuamente en los libros de textos de cualquier nivel educativo. Tan solo siete años después de que Edward Jenner introdujera la vacuna contra la viruela, Carlos IV promovió una expedición para extender los grandes avances médicos a las Américas y las Filipinas, aún bajo mandato español.

Francisco Javier Balmis encabezó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (Fuente).


Como director de esta difícil y heroica misión, se nombró al médico alicantino Francisco Javier Balmis. Su conocimiento del continente americano y, sobre todo, su formación científica en lo concerniente a la viruela y su prevención fueron razones más que suficientes que justificaron su nombramiento. Tenía 50 años al comienzo de la empresa y era, sin duda, la persona adecuada: había recibido una sólida formación científica y era un líder; y conocía las colonias americanas, particularmente lo que hoy conocemos como México y en aquella época formaba parte del Virreinato de Nueva España, donde ya había residido y realizado variolizaciones. Apasionado por la vacuna, había traducido el libro del médico francés Moreau de la Sarthe «Tratado histórico y práctico de la vacuna», que se considera el primer manual de la historia sobre la técnica de vacunación.

El primer problema que encontró Balmis en su meticulosa preparación de la expedición fue el transporte y conservación de la vacuna. Para ello se usaban hilos de algodón impregnados del líquido vacunal y se protegían entre dos cristales sellados con cera, pero el virus iba perdiendo efecto con el paso del tiempo. Entonces Balmis propuso llevar la vacuna en personas sanas que no hubieran pasado la enfermedad ni que hubieran sido vacunadas previamente, y los que cumplían este requisito con mayor probabilidad eran los niños. Sin embargo, este procedimiento tenía también sus limitaciones, pues el líquido vacunal solo era válido durante diez días, un período de tiempo mucho menor que el necesario para un viaje transatlántico, que, en condiciones climáticas favorables duraría, como poco, un mes; además, el momento ideal para extraer el líquido era una semana tras la inoculación, que es cuando su virulencia era máxima. Para superar estos problemas, a Balmis se le ocurrió vacunar a los niños durante la travesía, de dos en dos, para así mantener vivo el virus y garantizar su potencia a su llegada al continente americano.

La expedición, cuyo nombre oficial era Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, tenía tres objetivos: (i) difundir la vacuna contra la viruela por todos los rincones del Imperio Español; (ii) instruir en la práctica de la vacunación a los funcionarios de salud locales en las ciudades y pueblos visitados, para asegurar su continuidad; y (iii) crear Juntas de Vacunación para conservar, producir y suministrar la vacuna para que la campaña de inmunización se mantuviera de manera permanente. La Corte dictó anuncios para que los lugares programados supieran de la llegada de la expedición y pudieran organizar los recursos humanos y económicos para el éxito de la campaña. Se instó a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas locales a apoyar la expedición y asegurarse de que la población se presentara en masa a los centros de vacunación. La expedición no estuvo exenta de problemas, pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos, dicha llamada tuvo mucho éxito.

El equipo médico de la expedición lo completaron el cirujano José Salvany (subdirector), los médicos Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo, los practicantes Francisco Pastor Balmis y Rafael Lozano Pérez, y los enfermeros Basilio Bolaños, Pedro Ortega y Antonio Pastor. Evidentemente, aún faltaba el componente humano más importante y la base de la expedición: los portadores de la vacuna.

Los mejores candidatos eran niños pequeños, puesto que ellos no morían, sino que quedaban inmunizados. La Corona hizo un llamamiento a los padres para que ofrecieran a sus hijos como voluntarios para la expedición. A los niños se les ofrecieron comida, ropa y educación gratis hasta que encontraran trabajo. A pesar de esta atractiva oferta, nadie estaba dispuesto a entregar a sus hijos para la expedición. La única opción era reclutar huérfanos, ya que no habría reclamaciones de adultos por ellos. Se calculó que, como mínimo, se necesitarían veintidós niños, de entre 3 y 9 años, para garantizar una llegada segura de la vacuna a suelo americano.

Ante la dureza de la travesía, se estimó oportuna una figura materna que inspirara confianza y mostrara afecto a aquellos niños tan pequeños. Balmis, al comprobar la preparación, el trato y la disposición en tales menesteres de Isabel Zendal, entonces la rectora del Hospital de la Caridad de La Coruña, de donde salió la mitad de los niños, la eligió para que formara parte del equipo. Se convirtió entonces en la única mujer en la expedición. Y, a buen seguro, que ésta no habría tenido éxito sin su crucial papel. Zendal no fue una actriz de reparto, fue actriz protagonista. Protegió y cuidó a los niños en la oscuridad de la bodega del barco, los mantuvo a raya en las cubiertas y en tierra firme, los asistió como madre, como educadora y como enfermera. En definitiva, los mantuvo sanos y salvos, el principal factor para que todo saliera adelante.

Una vez completado el equipo humano de la expedición, partieron de La Coruña a bordo de la corbeta María Pita el 30 de noviembre de 1803. Entre el equipo técnico contaban con termómetros y barómetros para comprobar la eficacia de la vacuna en distintas condiciones climáticas, miles de placas de vidrio para guardar el líquido vacunal y 2000 ejemplares de la traducción del manual de De la Sarthe para distribuirlos en las Junta de Vacunación.

La corbeta María Pita partiendo del puerto de La Coruña con todos los integrantes de la expedición (Fuente).


El primer contacto de la expedición con las Américas fue en San Juan, Puerto Rico, donde fueron recibidos con hostilidad. Se encontraron con que las autoridades ya habían conseguido la vacuna desde las colonias británicas vecinas aún a sabiendas de que la expedición venía de camino. Se trataba de un claro caso de corrupción en el que se primaron los méritos políticos por encima de la urgencia por evitar la enfermedad. Las autoridades y sus familias, por supuesto, recibieron la vacuna con garantías, pero no así el resto de la población. Tras investigar lo sucedido, Balmis y Salvany descubrieron que el procedimiento seguido antes de su llegada había resultado fallido, poniendo en peligro la campaña de vacunación. Tras fuertes discusiones con los vacunadores puertorriqueños, la María Pita partió sin haber cumplido su misión en aquella isla.

Desde San Juan, la expedición viajó a Venezuela. Desembarcaron en Puerto Cabello, y allí la recepción sí que fue triunfante. Las vacunas fueron recibidas con entusiasmo por los venezolanos. Las Juntas de Vacunación funcionaron a la perfección, permitiendo que la campaña se extendiera por todo el país. En este punto, ante la urgencia de difundir la vacuna por la vasta extensión del territorio americano, la expedición se dividió en dos: Balmis dirigió la primera, rumbo al norte, a través del Caribe; Salvany dirigió la otra, hacia el resto de América del Sur.

La subexpedición encabezada por Balmis tuvo la mayor parte del apoyo económico y contaba con Isabel Zendal. Las escalas fueron Cuba y gran parte de lo que hoy es México. A partir de aquí se organizaron nuevas subexpediciones hacia el sur (Guatemala y resto de Centroamérica) y hacia el norte (suroeste de los actuales Estados Unidos de América). La María Pita, con Balmis y Zendal a bordo, acabó su viaje en Veracruz, con un balance de un éxito abrumador. Aquí se le pierde la pista a Isabel Zendal aunque hay indicios de que se estableciera en Puebla, una de las ciudades más prósperas de México. Su trascendental contribución en la expedición llevó a la OMS a considerarla como “la primera enfermera de la historia en misión internacional.” 

Balmis continuó hacia Acapulco rumbo a Filipinas, pero ya con niños mexicanos, ya que los españoles, como se había comprometido la Corona Española, fueron ubicados en familias de acogida. En Manila también recibieron una cálida bienvenida y la vacuna llegó a las más de siete mil islas que componen el archipiélago. Desde Manila, la expedición, todavía dirigida por Balmis, se dirigió al enclave portugués de Macao, en la costa meridional de China, para luego continuar hasta Cantón (hoy Guangzhou), punto de entrada de la vacuna a China y al resto de Asia.

Agotado, tras casi tres años de dura expedición, Balmis regresó a España en un barco portugués, navegando por el Océano Índico y el Atlántico. Llegó a Lisboa y, finalmente, a Madrid. Carlos IV lo recibió con los mayores honores posibles el 7 de enero de 1806.

Rutas seguidas durante la expedición (Fuente).


La subexpedición encabezada por Salvany fue más precaria, más larga y enfrentó mayores obstáculos. Cruzar los Andes Colombianos hacia Ecuador fue un auténtico viaje épico que no disuadió al equipo de completar con éxito su misión de vacunar al mayor número de personas posibles. Salvany perdió un ojo, un brazo y sufrió varias enfermedades, pero no por ello dejó de tener fuerzas para organizar nuevas juntas y promover otras subexpediciones que se extendieron por Sudamérica hasta Buenos Aires. Finalmente llegó a Bolivia, donde, exhausto, murió en la ciudad de Cochabamba en 1810, con tan solo 36 años de edad. Sus palabras, varios días antes de morir, son especialmente conmovedoras: “La falta de caminos, los barrancos, los grandes ríos, los lugares apartados que hemos encontrado no nos han detenido ni un instante, mucho menos las aguas, las nieves, las hambrunas y la sed que hemos sufrido […] sirvió de estímulo para llevar un propósito brillante a tareas nobles y humanitarias.”

El resultado de la expedición

Según datos oficiales, durante la expedición, más de medio millón de personas recibieron la vacuna, cuyo efecto multiplicador salvó millones de vidas. Fue la primera gran campaña mundial de vacunación masiva, el primer paso para que la OMS declarara la Tierra libre de viruela poco más de siglo y medio después. Pero la auténtica victoria fue la implementación de un sistema organizado y regulado de la difusión de la vacuna como medio de prevención de enfermedades que ha llegado hasta nuestros días.

Grandes personalidades científicas de todo el mundo elogiaron los logros de la expedición. Entre ellos cabe destacar al propio Edward Jenner: "No me imagino que los anales de la historia contengan un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como este.”

La actriz María Castro interpretando a Isabel Zendal en «22 ángeles» (Fuente).


Sorprende que una hazaña tan extraordinaria no haya tenido el reconocimiento público que merece. Quizá el convulso contexto histórico, con las guerras napoleónicas y los movimientos independentistas de Hispanoamérica, contribuyeron a su poca trascendencia mediática. No cabe duda que los nombres de Balmis, Salvany, Zendal y de los niños deberían figurar en las calles y plazas de las principales ciudades de España y América Latina; esta gesta debería aparecer en monedas, sellos y billetes. Todo lo que sucedió y se consiguió en esta expedición sería más que apropiado para multitud de obras literarias o cinematográficas. Prácticamente no hay nada de eso, a excepción de un puñado de novelas (todas publicadas en el siglo XXI, entre las que se encuentra «A flor de piel», de Javier Moro) y una película de producción y dirección española («22 Ángeles», estrenada en 2016). Es decir, aún hoy siguen siendo unos auténticos desconocidos para el público.

Por ello, aquí mi homenaje al trabajo y esfuerzo de los que participaron en aquella expedición con el único fin de servir a la humanidad. Y de paso, recordar que, si la primera vacuna ya salvó al mundo, ¿cómo no lo van a hacer las de ahora?

#LeídoEn «A flor de piel», de Javier Moro (I)

#LeídoEn «A flor de piel», de Javier Moro (II)

Portada de la novela «A flor de piel», de Javier Moro (Fuente).


Fuentes consultadas

·de la Vacuna, R. E. F. (2004). Bicentenario de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, 1803 a 1806-2003 a 2006. Med. mil, 69-160.

·Franco-Paredes, C., Lammoglia, L., & Santos-Preciado, J. I. (2005). The Spanish royal philanthropic expedition to bring smallpox vaccination to the New World and Asia in the 19th century. Clinical Infectious Diseases, 41(9), 1285-1289.

·Marco, L. N. (2018). Balmis y la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806). HISTORIA NAVAL, 41.

·Moro, J. (2015). A flor de piel: la aventura de salvar al mundo. Seix Barral.

·Rusnock, A. A. (2016). Historical context and the roots of Jenner's discovery. Human vaccines & immunotherapeutics, 12(8), 2025-2028.

·Soto-Pérez-de-Celis, E. (2008). The Royal Philanthropic Expedition of the Vaccine: a landmark in the history of public health. Postgraduate medical journal, 84(997), 599-602.

·Tuells, J., & Duro Torrijos, J. L. (2015). El viaje de la vacuna contra la viruela: una expedición, dos océanos, tres continentes y miles de niños.

Imagen de portada: https://eu.usatoday.com/story/news/health/2020/07/12/vaccine-nationalism-threatens-global-efforts-race-stop-coronavirus/5384850002/



Comentarios

  1. Magnifico artículo. Desde luego que sí esa gesta la hubiese llevado a cabo Inglaterra, la tendríamos en todos los medios de comunicación. De todas formas. Lo hecho. Hecho está y lo verdadero he importante, es que esa generosidad mostrada por los españoles es lo que me llena de orgullo y me libera de los complejos que arrastra nuestra sociedad ante las llamadas grandes potencias.

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