A finales del siglo XIX, los tubos de rayos catódicos se convirtieron en instrumentos muy comunes en los laboratorios de Física. Estos tubos consistían en un cilindro de vidrio con electrodos en su interior para crear una corriente, y todo ello al vacío, es decir, sin aire o el mínimo posible que se pudiera alcanzar en la época. Esto producía un brillo fluorescente conocido como rayos catódicos y se convirtió en un campo de investigación muy importante.