jueves, 28 de abril de 2016

Un paseo por el Chernóbil actual #Chernobil30



La gente siempre pregunta “¿por qué Chernóbil?”. La respuesta, muy gallega ella, es “¿por qué no?”. Habitualmente todo el mundo viaja a París para ver la torre Eiffel o a Italia para ver el Coliseo Romano, pero ¿por qué no un lugar que siempre despierta una mezcla de curiosidad y miedo, y aún sigue paralizado en 1986? Chernóbil, y todo lo que ello implicaba, fue una de las joyas de la corona de la ya extinta URSS. Una gran apuesta final, y probablemente uno de los grandes fracasos que solo anunciaron los primeros estertores ante la estrepitosa caída. Así que, ¿qué mejor lugar para nuestro primer viaje de pareja?

Motivaciones del viaje y primeros pensamientos

Hugo: No mentiré si digo que inicialmente no fue algo que me hubiese planteado. La mayor parte de la culpa de todo esto lo tiene mi pareja (Marta), quien siempre tuvo la ilusión de visitar ese lugar. Y entonces la idea se volvió seriamente tentadora.
Hemos oído hablar de ella en nuestro libro de historia, la tétrica Chernóbil y el mal que escupió al mundo, ¿no sería interesante el poder verlo con tus propios ojos? Llegaron las dudas reales, llegó el ver documentales, el informarse realmente del “¿y en qué estado está esto?”, luchar contra los arquetipos de “pozo del fin del mundo” que se nos inculcó educativamente. Entonces cayeron los primeros muros de esa idea mal preconcebida: aquel lugar seguía congelado en el tiempo, y estaba allí esperando a ser redescubierto. Y llegó abril, con la pregunta “Marta, ¿cómo hacemos para ir?”
***
Marta: Siempre recordaré una de las primeras conversaciones “serias” que tuve con Hugo sobre viajes, típico: a dónde te gustaría viajar, a dónde no… Prípiat fue de mis primeras opciones, él sabía lo que era, hablamos un poco más y listo. La sorpresa llega cuando meses después estamos planeando un viaje a Kiev cuya motivación es ir a Chernóbil y a la propia Prípiat. ¿Por qué? Porque toda su historia, lo que implica, su estado, el paso del tiempo… Es la oportunidad única de ver la vida interrumpida y grabada en los muros de una ciudad; es la oportunidad de sentirte más pequeña aún en este mundo. Es algo difícil de describir realmente, pero llegar aquí fue uno de los sueños de mi vida.

Organización y preparación

Una vez decididos, la principal pregunta fue “¿y ahora cómo hacemos?”. Una breve búsqueda en Google nos demostró que es mucho más común visitar la zona de exclusión, esa gran área de casi cuarenta kilómetros de diámetro alrededor de la central vallada y de acceso limitado por el gobierno ucraniano. Junto a la multitud de actividades que ofrecen, por ejemplo, el poder disparar tú mismo un Kalashnikov, uno puede encontrar varias compañías que hacen tours de uno o dos días, con alojamientos en el propio pueblo de Chernóbil, si uno quiere, y tramitándote ellos los permisos necesarios. Increíble.

Finalmente, encontramos una empresa que nos daba confianza (tourkiev.com , si los de Top Gear podían ir, ¿por qué nosotros no?), y con ello vino el vuelo a la capital ucraniana, Kiev (desde el lado de Bielorrusia es poco recomendable ir debido a que tras el accidente este área se llevó la peor parte). La propia empresa lleva varios contadores Geiger para aportarte tranquilidad (aunque en ocasiones, debido al efecto discoteca que crean, provocan un efecto bastante opuesto) y nos dio una serie de indicaciones que seguimos a rajatabla (llevar tu propia agua, ropa de manga larga, etc.) así como evitar el contacto con objetos metálicos dentro del área de exclusión.

Primeras impresiones

Tras dos horas de viaje desde la capital del antiguo Rus de Kiev a través de una carretera en la que uno ve cada vez menos casas, el primer contacto es con el puesto de control de la zona de exclusión. Un puesto al estilo de una aduana de los ochenta. Cuatro hombres uniformados, dos pequeñas casas y una valla casi de carácter decorativo (queremos creer que es más segura y vigilada de lo que aparenta).

Hugo: Lo primero en lo que uno repara, ya a 20 metros del propio puesto donde la empresa aparca la furgoneta para que puedan hacer un breve registro, es en la multitud de carteles de “peligro radioactividad”. El que estén en ucraniano (ergo, cirílico) y no puedas leerlos, no aporta tranquilad. El silencio en esa área es increíble, así como la actitud tan tranquila de los guardias.
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Marta: En mi vida pensé estar donde estaba, pero menos aún frente a un guardia-soldado enseñándole mi pasaporte mientras me miraba con cara… ¿difícil? Pasamos uno a uno por delante de este buen hombre mientras Chernóbil estaba ahí a nada. Su cartel, las ganas de creerte por fin estabas ahí. Poco a poco vas viendo cómo la civilización va desapareciendo, cómo te alejas de lo “conocido” para adentrarte a “saber dónde”; por mucho que leas, veas, no estás preparado, en mi opinión, para lo que ves allí. Mejor aún, para lo que sientes al estar allí, al ir acercándote a tu objetivo.




La propia ciudad de Chernóbil (Чернобыль) es el primer punto en el que te dejan bajar de la furgoneta y recogemos a nuestro guía (funcionario del estado, por lo que entendemos, y condición obligatoria si uno quiere visitar la zona). Este guía es quien lleva la voz cantante, por encima incluso del hombre de la compañía, decidiendo tiempos y lugares por los que nuestro grupo de ocho personas se mueve.

Hugo: Ya en las desiertas carreteras dentro del área de exclusión te sorprende “la tranquilad” que se respira. Uno cruza varios pueblos abandonados ahora tomados por la naturaleza. Y el propio pueblo de Chernóbil, donde nuestro guía pasa la mayor parte de la semana así como los trabajadores de la central, es un pueblo bonito y apacible con su propia estatua de Lenin. Te sorprende, sobre todo, la normalidad y el buen estado del lugar. “¿Pero esto no debía ser un erial barrido por la radiación?”, te dices a ti mismo, “hasta podría quedarme en este hotelito a pasar un fin de semana y relajarme leyendo un poco”.
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Marta: Después de media vida leyendo sobre esta ciudad, después de meses pensando si estaba bien ir o no, después de meses preparando esta aventura llega un momento en el que un guía te dice que bajes de la furgoneta y de repente te das cuenta: tus pies están pisando la ciudad de Chernóbil, la ciudad de la que nadie quiere oír hablar, la ciudad que tanto temor (e incluso pavor yo creo) aún sigue infundiendo y cuya actual misión en la vida es avisarnos de lo que puede llegar a pasar.
Una vez que empiezas a recorrer las carreteras de lo que viene siendo la ciudad de Chernóbil lo primero que te encuentras es que estás en medio del famoso Bosque Rojo, aunque más bien ahora pasas por un bosque “normal”, ya que el rojo fue derribado y enterrado; pero aun así, estás pasando por ahí, la sensación se nota, la quietud, la calma del lugar; no se oye nada más que el ruido de la propia furgoneta, nadie habla, sólo puedes mirar por la ventanilla y recapacitar hacia dónde te estás dirigiendo.
Lo que es la propia ciudad de Chernóbil es normal, si no supieses dónde está, cuál es su historia, no pensarías que tuviese nada raro; la gente que vive allí hace su vida normal. Es algo alucinante.

El recorrido

Tras un buen tramo de camino por infinitas carreteras rectas y mal mantenidas sin cruzarte con un alma, el primer lugar al que nos llevan tras recoger al guía en Chernóbil, es la Duga-3 (Дуга-3), una gigantesca estructura de metal de uso misteriosos (muy soviético). Se considera que el verdadero tour de visita al área de exclusión comienza aquí. Esta estructura se encuentra en una abandonada (pero con guardias) “base militar soviética secreta”. Ha sido lugar de muchas teorías, y es que una estructura metálica gigante a pocos kilómetros de una central nuclear y una ciudad levantada de la nada en plena guerra fría… qué mejor material para los conspiradores.

Hugo: La antigua base militar es una serie de edificios bajos a varias explanadas, claramente planeadas, para amplios regimientos militares. La estrella metálica que uno puede ver aquí y allá, no da pie a evadirte de dónde estás realmente. Pero el culmen llega cuando nuestro guía nos cuenta que bajo nuestros pies se encuentran escondidas, debido a la antigua guerra con los americanos, un total de diez pisos de profundidad. Y ya desde la distancia, uno puede ver la imponente Duga-3. Pero es la clase de lugar que dices, “está ahí al lado”, pero es una falacia… lo que ocurre es que con su casi centenar de metros de altura, es aberrantemente inmensa. “Detector de misiles intercontinentales”, comenta el guía en su característico inglés de acento ucraniano, y uno no puede más que sentirse una hormiga en aquel lugar. Y nuevamente, el silencio solo roto por el viento entre los árboles que rodean los pies de aquella mole.
***
Marta: Una base militar en la Ucrania profunda junto a una central nuclear de renombre… ¿Cuándo en mi vida pensé yo pisar un lugar así? Nunca, pero la experiencia merece la pena. Es asombrosa la capacidad del hombre por hacer sentir al propio hombre como la cosa más insignificante frente a tales estructuras que encierran una cantidad de historia tan aberrante, una parte de la historia del mundo que aún hoy en día oculta sus misterios y que quizás nunca lleguemos a conocer del todo. Absoluto silencio mientras paseamos, diminutos, junto a la Duga-3, que ni los pájaros perturban ante tal gigante.




Tras pasear por los pies de la enorme Steel Yard e incluso visitar el interior de un puesto de control plagado de antiguos planos de armas balísticas, el siguiente punto de parada son los alrededores y la puerta de la propia central. La furgoneta va bordeando el canal tras el cual se encuentran los inacabados reactores 5 y 6, hasta que, tras cruzar el Bosque Rojo, se dirige a la propia puerta del reactor Nº4.

Hugo: Y allí te bajas, tras oír la frase “solo podemos estar aquí diez minutos por motivos de seguridad para la salud”, lo cual es tranquilizador… Allí, a la derecha estaba el nuevo sarcófago que están construyendo, imponente y brillante (diré que quizá de un tamaño algo menos impresionante de lo que me esperaba), y a la izquierda, la central que tantas veces se ve en fotos y vídeos. El guía indica que no nos acerquemos demasiado a la valla, pero los incesantes pitidos de los medidores Geiger valen como advertencia. Es una sensación curiosa ver ese lugar que parece, dentro de lo posible, tan normal, y saber que allí frente a ti hay todavía un núcleo de lava radioactiva cubierto de manera precaria. Llama sin lugar a dudas la atención la cantidad de actividad que uno puede ver al otro lado de la valla, con docenas de hombres (diré que con y sin trajes…) trabajando en la reparación provisional del antiguo sarcófago y la preparación del nuevo.
***
Marta: Diez minutos a 100 metros del lugar que alberga el accidente nuclear más grave de la historia de la humanidad. A 100 metros de una catástrofe que sigue imponiendo tanto o más que en el momento de su creación; no hay palabras para describir lo que sientes al estar allí, “al mirar a los ojos” ese gigante que hace que sus trabajadores, hoy en día, estén allí en turnos de una semana pasando por infinitos controles médicos. Es difícil describir lo que sientes al estar a 100 metros del lugar sobre el que tantas horas leíste tranquilamente en tu casa; nada de lo que viste hasta ahora en el tour te prepara para esta sensación de calma (y normalidad por parte de los trabajadores que ves por la zona) que se respira allí, que ni siquiera los contadores Geiger consiguen romper.




Finalmente, el punto caliente del viaje: Prípiat (При́п'ять). La antigua urbe, construida de la nada en tiempo record para albergar a 50.000 personas entre familias y trabajadores destinados al ambicioso proyecto de la central. Ahora, el testigo de ese faraónico soviético de edificios altos y carreteras anchas, es solo piedra y silencio, donde los cascotes y la naturaleza se mezclan creando un paisaje espeluznantemente post-apocalíptico. Un nuevo puesto de control, nuevamente vigilado y con valla de acceso, nos indica que estamos en el área interna de la zona de exclusión (de unos diez kilómetros de diámetro), e indica la zona más afectada por el accidente.

Hugo: En el camino a Prípiat, nos hacen una breve parada en una guardería abandonada a las afueras de la ciudad (antes incluso del punto de control), que te pone los pelos de punta. Pero aun así, no te prepara para lo que estás a punto de ver. Esta ciudad fue abandonada de la noche a la mañana por la orden de evacuación dada por el gobierno. Y ese espíritu de familias abandonando su hogar en plena madrugada, pese a los saqueos y las heridas de los años, permanece pegado a cada rincón de lo que uno ve. Es, sin lugar a dudas, el lugar más increíble del viaje, y no me apena decir, que pese a lo crudo e imponente de lo que el lugar representa, no deja de tener cierta belleza.
El tour te lleva por varios puntos (en la propia furgoneta, porque la urbe es algo grande, y los puntos que nos quieren enseñar no están precisamente uno al lado del otro). Entras en un colegio abandonado con libros y mapas astronómicos en cirílico tirados por el suelo; un gimnasio cuya piscina olímpica hace mucho que no contiene agua y donde los relojes han quedado congelados; un teatro, ahora en penumbra, donde los rayos de sol que se filtran a través de los escombros dejan ver carteles de propaganda soviética. Pero sin lugar a dudas, lo más impactante es el parque de atracciones con la icónica noria amarilla en el fondo. Ese lugar solo te hace darte cuenta de lo frágil que son a veces nuestros modos de vida, y de cómo se puede romper todo en apenas unos segundos de error.
***
Marta: Prípiat… Es el sumun del viaje, el objetivo último de toda esta aventura y está más que a la altura de lo esperado; da igual lo que vieras durante las últimas horas, da igual lo que sintieras, nada se compara a esta ciudad congelada en 1986 que alberga en cada centímetro las huellas de lo que fue. Si describir las sensaciones frente al reactor Nº4 y su nuevo sarcófago en construcción era difícil, describir lo que sientes al pisar Prípiat es casi imposible; estás entrando en la vida congelada de 50.000 personas, como tú y como yo, que huyeron de sus casas en cuestión de horas y dejaron todo atrás. Y tú, como turista, mimetizas esa sensación porque la ciudad guarda en sus paredes toda esa historia.
Ir caminando “tranquilamente” por este lugar es indescriptible y sólo aumenta la magia del viaje cuando, a través de un camino estrecho rodeado de maleza (maleza que campa a sus anchas por la ciudad como único testigo del paso del tiempo), llegas al famoso parque de atracciones que nunca se llegó a inaugurar y te encuentras frente a su famosa noria, roja y amarilla, que tan bien conoces de tanto verla en fotos y leer sobre la ciudad. Recuerdo que al ir acercándome tuve que parar y recordar que necesito respirar para vivir; por mucho que me concienciase, no estaba preparada para estar allí, pero fue una sensación indescriptible que tardará años en bajar de intensidad.




Acabado un tour de varias horas que a uno se le hace incluso a poco, tras visitar el corazón de la bestia y la ciudad fantasma, uno regresa al pueblo de Chernóbil nuevamente. Nos ponen una comida (asegurándonos que los productos son del exterior del área de exclusión), y nos llevan nuevamente al puesto de control de salida.

Se hace la parada en el puesto de control, donde revisan las listas para comprobar que todos los que entraron, salen (dudo que nadie quisiera quedarse). Tras esto nos hacen pasar ordenadamente de uno en uno por una especie de arcos donde debes detenerte varios segundos con las palmas en alto, hasta que un estridente sonido sacado de otro tiempo, te indica que tus niveles de radiación son los permitidos para abandonar el lugar. Justo tras nosotros, se detiene un pequeño minibús lleno de trabajadores , charlan tranquilos en su ininteligible ucraniano mientras hacen ordenadas colas para cruzar los mismos arcos que nosotros, como si fueran trabajadores normales volviendo de cualquier otra fábrica rumbo a casa con su familia. Esa es la última imagen que nos queda del lugar antes de que los guardias nos devuelvan a nuestra furgoneta tras también revisarla y arranque dejando la valla del área de exclusión bajando tras nosotros.




Y nuevamente, volvemos a la carretera. Pero al contrario de la ida, en la que la excitación nos embargaba, ahora es una sensación confusa y casi de extrañeza. Ese lugar deja mucho en la mente y mucho sobre lo que reflexionar, y aunque aquí hemos destacado los puntos más importantes, aquel viaje podría dar para escribir media docena de páginas más.

Si no ves correctamente el álbum de fotos, haz click en el siguiente enlace: http://ow.ly/4nbGMi.



Por Marta Díaz y Hugo Pena



Esta entrada forma parte del especial de Radical Barbatilo "Chernóbil desde el núcleo". Desde aquí, mil gracias a los autores por prestarse a contar y aportar las fotos de su magnífica experiencia. 

4 comentarios:

  1. ¡Una gran entrada! Mis más sinceras felicitaciones :)

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    1. El mérito es única y exclusivamente vuestro. Muchas gracias a vosotros!!

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  2. Fantastica la experiencia de este viaje , a los que la mayoria de personas no se lo plantearian ni regalandoselo .Gracias a ti Jesús por tan magnifico trabajo para nuestro disfrute

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  3. Me parece que es muy poco lo que puedo aportar a este magnífico trabajo desde el principio y con tan genial como inesperado final. Desde luego no podía encontrar otro mejor. Una pareja que se adentra allí dónde muy pocos seríamos ni tan siquiera capaces de asomar las pestañas, tiene mucho mérito y el valor propio de los aventureros más avezados. Felicito a Marta y a Hugo por aportarnos este increíble testimonio y, a ti Jesús no me queda más remedio que rendirme a tu tenacidad, a tu esfuerzo y saber estar; porque me consta, que este trabajo te ha llevado mucho tiempo, esfuerzo y sacrificio personal.
    Mi más sincera felicitación y mi más profundo agradecimiento por habernos hecho disfrutar tanto
    Hasta luego Jesús.

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