lunes, 16 de noviembre de 2015

El fuego como primera arma química



El uso de agentes químicos para hacer daño es de origen tan incierto como incierto es el origen del hombre. Sí podemos afirmar sin temor a equivocarnos que se adentra allá por la noche de los tiempos. Aunque, por situarlo en algún momento, lo haríamos prácticamente al unísono con el descubrimiento y manipulación del fuego. Su posterior dominio fue un punto de inflexión en la evolución cultural humana, pues permitió que los seres humanos proliferaran debido a la incorporación de la absorción de las proteínas y los hidratos de carbono mediante la cocción, la actividad humana en horas nocturnas y la protección ante los depredadores.

El fuego supone también una conquista importantísima para el desarrollo de la vida social: en las veladas alrededor de una fogata se reforzaban los lazos familiares y tribales y se estimulaba el intercambio de experiencias y la transmisión del patrimonio cultural del grupo, los prolegómenos de las redes sociales en su estado más primitivo.

El dominio del fuego supuso el desarrollo de la vida social.

No tardó el hombre en darse cuenta el posible uso del fuego para cazar o para atacar a otros hombres. En este sentido el género humano ha evolucionado muy poco. No hace falta ser inteligente para desencadenar una guerra, sólo hace falta tener mucha, mucha ambición y en eso no hay otra especie que nos supere. Aquí tenemos entonces a los “inventores” de la guerra química. 

¿Pero qué es el fuego? No es más que la manifestación de una reacción química de oxidación muy particular: la combustión -, y se trata de un proceso exotérmico, es decir, libera energía en forma de calor. En toda combustión existe un elemento que arde (el combustible) y otro que produce la combustión (el comburente). Y para que inicie la reacción es necesaria una energía de activación.

El triángulo del fuego es un modelo que describe los tres elementos
necesarios para generar la mayor parte de los fuegos.

Los combustibles más frecuentes son los hidrocarburos, ya sean sólidos (carbón, madera, papel…), líquidos (gasolina, aceite, alcohol…) o gaseosos (metano, propano, butano…).  Y el comburente generalmente es el oxígeno gaseoso (el del aire, O2). Una vez que estos elementos entran en contacto y se alcanza una temperatura mínima, se inicia el fuego, produciéndose dióxido de carbono y agua en estado gaseoso. El siguiente ejemplo sería un claro caso de combustión completa, es decir, todo el combustible se ha oxidado completamente.


C3H8 (g) + 5 O2 (g) → 3 CO2 (g) + 4 H2O (g)
Combustión del propano


Pero en un fuego, no solo el calor de la llama es peligroso. El CO2 es capaz de desplazar al oxígeno, pudiendo provocar la muerte por asfixia. Además, cuando la combustión es incompleta, es decir, cuando parte del combustible no reacciona completamente porque el oxígeno es insuficiente, puede formarse monóxido de carbono (CO). El mayor peligro de este gas es que es inodoro e incoloro e impide el correcto transporte del oxígeno a través del torrente sanguíneo, siendo letal a altas concentraciones.

Los cazadores empleaban el humo producido por fuegos para obligar a los animales salvajes a abandonar sus cuevas. Esto fue seguramente adoptado también en ataques contra otros hombres. Para volver más eficaces estos humos, agregaban sobre las hogueras diferentes sustancias, como resinas vegetales o grasas animales. Por lo tanto, aquí tenemos la primera reacción química, controlada por el hombre, destinada a hacer el mal. Eso sí, sin saberlo.


FUENTES


Esta entrada forma parte del especial de Radical Barbatilo "El lado oscuro de la Química" y participa en el LII Carnaval de la Química albergado en el blog El Celuloide de Avogadro.

1 comentario:

  1. Promete está nueva serie. Ya este primer artículo actúa de acicate para mantenernos en tensión y esperar con interés los siguientes. Enhorabuena

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