L a sangre lleva corriendo miles de años por Tierra Santa. Allí se encuentran grabadas las cicatrices de las batallas libradas entre las tres grandes religiones monoteístas del mundo. En Jerusalén, los judíos construyeron el Templo de Salomón para albergar el Arca de la Alianza con sus diez mandamientos. Allí también fue crucificado Jesucristo, cuya doctrina se fue extendiendo tan ferozmente que se asentó como la religión oficial del Imperio Romano, allá en tiempos de Constantino el Grande en el siglo IV. Pero también es santa para los musulmanes porque desde allí, Mahoma subió al cielo. “El que no tome la cruz y me siga, no es digno de mí”. Con estas palabras acabó su discurso el papa Urbano II en el concilio de Clermont en el año 1095, en el que convocaba la Primera Cruzada. Prometió el perdón de los pecados a los voluntarios y les invitó a tomar Tierra Santa, invadida por los musulmanes cuatro siglos atrás, y así salvar a la humanidad de los infieles. Una horda de cristia...