viernes, 20 de noviembre de 2015

Más letal que el miedo



Te encuentras en una habitación pequeña sin ventanas, tumbado en una camilla de un turquesa pálido. A cada lado de la camilla hay una mesa de metal pegada a la pared y en una de ellas, unas tijeras, un pequeño cubilete rojo y una tira de gasas. La pulcritud de la sala es extrañamente inquietante, no desprende comodidad. También hay un reloj justo encima de la camilla con un tic-tac que anuncia algo ominoso.

Todo esto lo ves porque frente a ti hay un espejo. Y te puedes imaginar que detrás se sientan los testigos de tu ejecución, algunos de tus familiares y, posiblemente, varios familiares de tus víctimas.

Los funcionarios de la prisión te atan con correas a la camilla y te limpian los brazos con alcohol, antes de insertarte una vía intravenosa en cada uno (la principal de la ejecución y la de seguridad, por si falla la primera). Te ves en el espejo acostado e indefenso. Eres un asesino pero también tienes miedo, algo que forma parte de nuestra más profunda y primitiva naturaleza animal, probablemente la misma que te llevó a hacer lo que hiciste.

Sala de ejecuciones en la Prisión Estatal San Quentin, en California.

Son muchas las definiciones que se han dado sobre el miedo y cualquiera de ellas pudiera ser válida para lo que nos ocupa. Pero como se hace necesario escoger una, nos hemos decidido por esta: “El miedo es una perturbación del ánimo por un riesgo o mal, real o imaginario que amenaza nuestra integridad física o moral”. Lo que es indudable es que constituye una de las reacciones fundamentales del ser vivo y por tanto es un pilar básico en la organización social del individuo. Probablemente, la historia de la civilización y el progreso podrían escribirse en términos de dominio del miedo.

La diferencia es que, en este caso, no puedes huir, no puedes luchar, no puedes defenderte. Tu digestión, si es que anoche te permitieron un homenaje, se para o se retrasa. Tus reservas de energía se vierten en el torrente sanguíneo, aumentan los niveles de adrenalina, de glucosa procedente de tu hígado y de glóbulos rojos que llegan de tu bazo. Tu sangre fluye de las vísceras a los músculos, que se tensan. Te sube la presión arterial, aumentan tus latidos, aumenta tu respiración. A la vez, tu sangre se coagula más rápidamente, se relaja tu colon y tu vejiga y se te dilatan las pupilas.

“Por suerte” estás a punto de ser sofocado. Para evitar que las vías se bloqueen comienza a gotear una solución salina de cloruro sódico (NaCl). La inyección letal implica una secuencia de tres sustancias diferentes:

Anestesia. En primer lugar, comienza a bombear algún tipo de anestésico, generalmente pentotal sódico o pentobarbital. La intención es dejarte inconsciente para reducir tu dolor posterior. Tu respiración también disminuye significativamente. En cuestión de segundos, comienzas a sentirte cansado y pesado y empiezas a adormilarte.

Pentotal sódico.

Parálisis. Una vez que estás inconsciente, el bromuro de pancuronio comienza a entrar en tu torrente sanguíneo. Al tratarse de un bloqueante neuromuscular, impide que el mensajero de los nervios, la acetilcolina, llegue a los músculos, paralizándolos. En última instancia puede provocar un paro respiratorio, lo que podría conducir a la muerte por asfixia si no se administra el tercer compuesto.

Bromuro de pancuronio.

Paro Cardiaco. Y entonces, el cloruro potásico (KCl), otra solución salina, afecta a la señalización eléctrica de tu corazón, provocando paulatinamente su total parada. En todo momento estás conectado a un monitor cardíaco por el que los funcionarios sabrán cuándo estás..............




FUENTES


Esta entrada forma parte del especial de Radical Barbatilo "El lado oscuro de la Química" y participa en el LII Carnaval de la Química albergado en el blog El Celuloide de Avogadro.

1 comentario:

  1. Me has tenido sin respirar como si estuviera viendo al preso he respirado muy hondo al terminar Un final como el de todos tus artículos espectaculares

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