miércoles, 15 de julio de 2015

Traición en el río Barbate


El paradigma del enfrentamiento entre familias vecinas y rivales fue inmortalizado por William Shakespeare cuando convirtió la ciudad de Verona en el escenario de las desavenencias entre Capuletos y Montescos. Pero esto ha ocurrido a lo largo de toda la Historia.

En tiempos del Imperio Romano, todos los que ocuparan una región fronteriza a éste eran conocidos como bárbaros y continuamente intentaban penetrar y establecerse en el interior. Los pueblos localizados al este del Rin y al norte del Danubio fueron los que protagonizaron las denominadas invasiones germánicas que provocaron la caída del Imperio Romano de Occidente.
Organización territorial de Hispania antes de la llegada de los visigodos.

Suevos, vándalos y alanos no encontraron obstáculo en su camino hacia las ricas provincias de Galia e Hispania, por lo que el imperio recurrió a los visigodos, los más romanizados de entre los pueblos germanos, para intentar recuperar el control a cambio de tierras. Y lo hicieron, pero para establecerse como reino independiente durante casi tres siglos (418-711 dC).

El Reino Visigodo tiene el honor de ser la primera civilización que logró asentarse firmemente por estos lares tras la decadencia del Imperio Romano. Su capital se hallaba en Toledo, previo paso por Toulouse, y sus reyes no eran hereditarios sino que eran elegidos en asamblea entre los nobles, provocando continuas insurrecciones y conspiraciones: desde Alarico I hasta Rodrigo se sucedieron más de treinta reyes y buena parte de ellos no murieron en la cama. Estos trastornos políticos provocaron una desmoralización social entre los más de 5 millones de hispano-romanos que componían la población.

Rodrigo llegó al poder tras el oscuro e incierto reinado de Witiza (700-710), cuyo deseo era que alguno de sus hijos ocupara el trono, pero éstos eran demasiado jóvenes y la nobleza visigoda no los tuvo en consideración, eligiendo al entonces dux de Lusitania. El nuevo rey no era ni familiar ni partidario de Witiza, lo que originó nuevamente fricciones en el seno político de la oligarquía visigótica.

Don Rodrigo, el último rey visigodo.
Y se repitió la historia: los witizanos, con Oppa y Sisberto – hermanos del difunto Witiza – a la cabeza, pidieron ayuda a los vecinos para destronar a Rodrigo. Unos vecinos que se encontraban a escasos kilómetros de las costas gaditanas, en el norte de África, instalados tras una fulgurante expansión iniciada tras la muerte del profeta Mahoma, en el año 632. El intermediario fue el gobernador de Ceuta, Don Julián, quien entró en contacto con su homónimo del Magreb, Muza, ofreciéndole valiosos botines y todo tipo de facilidades para cruzar el Estrecho, ya que los musulmanes desconocían el arte de la navegación.

Al mando del comandante Tarif, tuvieron lugar varias expediciones de contacto y desde entonces, el punto de desembarco recibió su nombre (actualmente Tarifa). Tras ellas, constataron la falta de resistencia visigoda y Muza decidió apuntalar definitivamente la incursión enviando un mayor contingente de tropas. A finales de abril del año 711, envió a su lugarteniente, Tariq, que arribó a un monte que también hoy lleva su nombre (Ẏabal Tāriq = montaña de Tariq, Gibraltar).

El rey Rodrigo estaba ocupado sofocando rebeliones vasconas y cuando llegó a sus oídos la irrupción musulmana, Tariq ya había consolidado su base en la bahía de Algeciras, donde aguardó a la espera de acontecimientos. Abandonando el norte, Rodrigo se dirigió precipitadamente hacia el sur para organizar un ejército capaz, consciente que tenía que contar con todos los clanes disponibles en el reino, incluido el witizano. Llegó a reclutar a unos 40.000 soldados, en principio, suficientes para derrotar a las fuerzas invasoras, que contaban con aproximadamente 13.000 hombres.

Según estudios recientes, la batalla del Guadalete también se conoce como de la laguna de La Janda o del río Barbate.
El 19 de julio del año 711 de nuestra era, o del año 92 de la Hégira, a orillas del río Guadalete, muy próximo a la actual Medina Sidonia, se encontraron dos culturas con ideas muy diferentes: la cruz frente a la media luna, una monarquía decadente frente a un imperio en expansión. Los enfrentamientos se prolongaron durante una semana, en la que el campo de batalla se llenó de muerte y desolación.

Los visigodos hacían valer su superioridad numérica con el paso de las jornadas, obligando al ejército musulmán a retroceder dirección sur, hacia la ribera norte del río Barbate, donde el rey Rodrigo tenía pensando dar el golpe definitivo. Pero en el momento crucial de la batalla, los flancos, dirigidos por Oppa y Sisberto, hicieron efectiva su traición y se pasaron en masa al bando enemigo. Los musulmanes, motivados aún más por este refuerzo, embistieron con una feroz virulencia, decantando el enfrentamiento a su favor.

La Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada son los máximos exponentes de la cultura andalusí.
El río Barbate se tiñó de rojo y sus aguas desembocaron en el Atlántico hasta llegar a las costas africanas, desde donde una nueva ola retornó hacia la península ibérica, a la sazón Al-Ándalus, para dominarla durante más de 700 años. Lo que empezó con una felonía visigoda, acabó dando lugar a una de las etapas de mayor esplendor de la historia de España, en la que confluyeron culturas y conocimientos dispares, dejando en nuestro pasado una profunda huella que prácticamente ha llegado hasta nuestros días.

By @JGilMunoz

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