jueves, 31 de julio de 2014

Espejito, espejito mágico

Este post también ha sido publicado en el blog del CSIC 'Ciencia para llevar'.

Cuando el hombre vio por primera vez su propio reflejo, quedó fascinado por las superficies que proyectan nuestra propia imagen. Posiblemente a causa de esta fascinación hay una gran variedad de supersticiones, mitos y leyendas que rodean los espejos. Cuando Alicia, después de su periplo por el país de las maravillas, pasa al otro lado del espejo, se muestra confusa: se encuentra con los mismos objetos que antes (o lo parecen) pero se comportan de distinta manera.

El limoneno puede dar olor a naranja o a limón
Al colocarnos frente a un espejo, el del otro lado es exactamente igual que nosotros. Sin embargo, si levantamos el brazo derecho, el otro hace lo propio pero con el izquierdo. Sería nuestro yo zurdo. En la Química ocurre lo mismo. Hay moléculas que al reflejarlas en un espejo, éste nos devuelve una imagen de ellas que, a simple vista, parecen la misma pero no es así: hay moléculas diestras y zurdas. A estos compuestos se les conoce como enantiómeros. Por ejemplo, la molécula de limoneno tiene dos variantes que dan dos olores diferentes: En un lado del espejo daría el olor característico a limón, sin embargo, el limoneno del otro lado del espejo, sorprendentemente, proporciona el olor a naranja; de forma similar pasa con la molécula de carvona para dar olor a menta u olor a comino. En este contexto, existen miles de moléculas cuyas imágenes especulares presentan propiedades diferentes, y no solo atienden a cuestiones de olor.
  
La talidomida tambien se
comercializó en España
Durante el Tercer Reich, la compañía farmacéutica Grünenthal empezaba a abrirse paso con hitos como el desarrollo de la primera penicilina. Pero fue con la síntesis de la talidomida con lo que tuvieron mayor impacto. Ya finalizado el régimen nazi, Grünenthal comercializa este compuesto, que se hizo popular por sus propiedades sedante y calmante de las náuseas en los primeros meses de embarazo. A finales de los 50 y principios de los 60 nacieron más de 12000 niños con graves deformaciones congénitas, caracterizadas por la carencia o excesivo acortamiento de las extremidades. Un hecho que a priori era totalmente ajeno, resultó estar relacionado con la talidomida. Precisamente un médico español, aunque su nombre no lo parezca (Claus Knapp), que trabajaba en Alemania en aquella época, fue clave para esclarecer la relación: las mujeres que habían tomado talidomida, tenían hijos con malformaciones.

El medicamento se retiró inmediatamente del mercado y se llevó a cabo una investigación en la que se descubrió que realmente constaba de dos talidomidas: una que, efectivamente actuaba como sedante, y otra, su imagen especular, que tenía efectos teratogénicos, el causante de las malformaciones en los bebés. Sin embargo, a partir de este genocidio farmacéutico se produjo un importante endurecimiento de las pruebas que debían pasar los medicamentos antes de ser comercializados. No hay mal que por bien no venga.

Los enantiómeros de la talidomida

Con este desagradable capítulo de la historia, queda patente que incluso en el extraordinario mundo de la Química, el viaje entre los dos lados del espejo, por muy corto que sea, puede salir caro.

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